Traducción por Robert y Arianna Garcia
Ya me ha pasado de escribir que vivimos en un mundo realmente maravilloso. No he dicho nada de original, aunque parezca que nuestra humanidad, en su entereza, tenga algunas dificultades en el compartir esta declaración.
Hasta parece que no sea una declaración por hecho, si no mas bien, sólo una visión que no encuentra respuesta en la práctica efectiva para con ellos que dicen de gobernarnos.
Cuando me encuentro enseñando a mis estudiantes de la Facoltà di Economia dell’Università degli Studi di Parma, la asignatura Cultura de la Globalización, en el Corso di Laurea in Economia del Sviluppo e della Cooperazione Internazionale (Curso de economía del desarrollo y de la cooperación internacional), me doy cuenta de cómo todos, incluyéndome, estamos lejos del haber alcanzado una verdadera y profunda conciencia de las relaciones económicas y afectivas entre aquellos que son los reales autores: los hombres. Por estos motivos no podemos continuar hablando de globalización, sin darnos cuenta, como dice el economista Anthony Giddens, que en efecto, ésta ya ha iniciado a modificar nuestra vida y a redefinir las relaciones afectivas, o sea los vínculos que en ella se establecen.
En comparación a una economía medieval, en la cual la dimensión temporal de los proyectos de vida individuales eran encargados a Dios, que preveía y organizaba todo el ser humano, aquella economía surgida después del descubrimiento de América (año1492, es mejor precisar la fecha considerando los conocimientos de nuestros políticos) la dimensión de el riesgo, entra a hacer parte del mismo concepto de proyecto. Si Cristóbal Colón no se hubiese arriesgado a errar, yendo en la dirección opuesta para alcanzar las indias no hubiese entonces descubierto América.
Es en el riesgo, donde residen consuelos y miedos humanos, dónde habita el porvenir científico de la humanidad entera, aunque se esté perdiendo, en cambio, el concepto o la idea del límite que caracterizaba el periodo precedente.
El desarrollo de la humanidad, recién puesto en crisis gracias al descubrimiento de una huella humana que data de al rededor de 10 a 15 millones de años de antigüedad en el lago Titicaca en Bolivia, se ha dado gracias a la relación afectiva que se instala entre los seres humanos. Contraer una relación amorosa significa contagiarse de lo mejor que la humanidad pueda esperar: la confianza. Sin este tipo tan difuso de enfermedad (que además la ciencia misma no entiende, en cuanto a lo que tiene que ver con su intrínseca alquimia) no hubiéramos tenido ningún desarrollo de socialidad, de vida cultural. En suma, no seríamos eso que somos, o sea: el encuentro perfectamente confuso entre biología y cultura, entre naturaleza y sociedad, pulsión de vida y estrategia. En la base de este encuentro está el sentimiento de confianza hacia el otro, que se desarrolla y se forma durante la relación afectiva primaria por nuestra especie, sin la cual no tendríamos la posibilidad de iniciar a vivir: la confianza en la propia madre. Intentemos pensar si puede existir una situación de una relación afectiva normal que prevea un tipo de desconfianza hacia la propia madre y viceversa, de la madre hacia el hijo. La misma educación se basa en que el pupilo, el hijo, en suma, el otro, tenga una relación de confianza hacia el maestro, hacia aquel que trasmite elementos de utilidad existencial. Sin confianza no se crea relación ni se trasmite nada ni a las nuevas generaciones ni a nuestros semejantes.
En la actual globalización económica y en aquella afectiva a penas creciente, ¿como podemos trasmitir confianza en los otros y/o a los otros? Para empezar entendiendo que cada otra persona nos ve como un otro. Así que no existen “otros”, sólo funciones de relaciones. No existe una madre sin hijos y ningún hijo está sin madre nunca aunque ella pueda no estar físicamente presente. La maternidad, así como la paternidad, no es un status, es una función, un rol. No se necesita haber realizado estudios especiales para prestar un útero a una vida que se adhiere a la pared de el endometrio, pero si se necesita una voluntad precisa en el dar un útero que sea un ambiente totalmente adecuado a la vida. No es necesario tener una licenciatura especial para donar un espermatozoide a un óvulo en espera pero si se necesita de una voluntad precisa en el acoger una vida que, saliendo de el útero empiece a vivir acompañado por las decisiones paternas. En segundo lugar, a través de la confianza hacia el otro y hacia todo lo que es externo a nosotros mismos se recupera lo sacro de las elecciones que se cumplen. Cada quien, en cualquier momento de su propia vida, está inducido a elegir, o sea es llevado por circunstancias externas o internas a ir por trayectos de su propio camino. Esta situación es sustancialmente inevitable y se entiende aun más en la adolescencia cuando nuestras orientaciones empiezan ser independientes de los padres. Además siempre durante la adolescencia, se entiende que existen caminos que puedo compartir con mis semejantes, como mis amigos y mis compañeros. Desde una dependencia desde el alto, la absolutamente necesaria de los padres, se pasa a una dependencia mas o menos entre pares, es decir, la de el grupo. Entonces la formación de un sentimiento de confianza tiene que ver con un sentimiento de seguridad así como con un sentimiento de dependencia, es dentro de estos dos que puedo pensar de hacer una ruta que incluya el afecto de los padres y la confianza en mis semejantes, en el grupo.
Todo esto es la globalización, porque incluye la atención hacia una propia individualidad (que en términos de globalización llamamos localización, ubicación) así como la atención a lo que se presenta distinto a nosotros, porque físicamente está lejos pero cerca virtualmente (que, a propósito, llamamos globalización). La conciencia de la propia identidad nos hace creer de ser originales, por el contrario, la conciencia de nuestra común humanidad nos hace comprender cuantas son las analogías que nos hacen trivialmente parecidos.
Quizás sea el momento de acordarnos que todo el mundo queda bajo el mismo cielo así como suelen decir mis amigos napolitanos y sicilianos.
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